Blanco aposta por pechar a época escura de austeridade e abrir a nova época de prosperidade económica e social que alenta no proxecto socialdemócrata

Blanco aposta por pechar a época escura de austeridade e abrir a nova época de prosperidade económica e social que alenta no proxecto socialdemócrata

Blanco aposta por pechar a época escura de austeridade e abrir a nova época de prosperidade económica e social que alenta no proxecto socialdemócrata

O noso compromiso será traballar para cambiar os principios que inspiran tales políticas e os criterios de reparto de fondos, de maneira que se atendan as nosas peculiaridades

Sostén que para Galicia é crucial aproveitar a posición xeográfica estratéxica para converterse en plataforma loxística de Europa cara a América

Para varias generaciones de españoles, Europa ha constituido una aspiración, un sueño, un deseo de integrarse en un espacio identificado con la defensa de la democracia, la paz, la libertad, el progreso, la solidaridad.
Nuestra integración en Europa ha contribuido al asentamiento de nuestra democracia y al impulso de un proceso de modernización económica y social sin parangón en el mundo en las últimas décadas, gracias en buena medida a políticas comunitarias como las de cohesión. Y todo ello explica que la población española haya sido de las de mayor vocación europeísta.
Sin embargo, en los últimos años, antes ya del estallido de la crisis, pero durante esta de manera extremada, la Unión se ha ido alejando de los principios fundacionales recogidos en el Tratado de Roma, aquellos que fijaban como objetivo de la Unión el progreso económico y social de los países integrantes y la constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus pueblos.
Robert Schuman lo sintetizó en una expresión: “solidaridad de hecho”. Solidaridad entre estados. Entre pueblos. Entre personas. La solidaridad como el motor del proceso de construcción europea.
Esa perspectiva se ha perdido.
El nivel de aprobación de la construcción europea nunca ha estado tan bajo como hoy en día.
Los europeos han ido perdiendo la confianza en la capacidad de actuar de las instituciones. Ciudadanos de todos los países tienen la impresión de estar siendo tratados injustamente y miran hacia Bruselas con gran preocupación. Porque el proyecto europeo se tambalea.
Europa ha pasado de identificarse con la idea de solidaridad a hacerlo con la de sacrificio. De sacrificio injusto e improductivo.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Lejos quedan los tiempos del socialista Jacques Delors, a mi juicio el mejor presidente que ha tenido la Comisión Europea. Inspirador del Acta Única, de las políticas estructurales, de la Carta Social Europea, del programa Erasmus hoy tan atacado.
Él mismo advirtió de forma premonitoria sobre los riesgos mercantilistas que enfrentaba el proceso de construcción europea cuando proclamó:
“Rechazo una Europa que no sea más que un mercado, una zona de libre cambio sin alma, sin conciencia, sin voluntad política, sin dimensión social. Si es hacia allí hacia dónde vamos, lanzo un grito de alarma”
Efectivamente, las alarmas han saltado.
El encadenamiento de mayorías conservadoras en el Parlamento Europeo y al frente de la Comisión ha priorizado la construcción de la Europa económica en detrimento de la Europa social.
La mayoría conservadora ha impuesto un sesgo ideológico al proceso, sustituyendo la comunidad de progreso y solidaridad con la que los ciudadanos europeos se identificaban, por un club privado de intereses en el que los más fuertes imponen sus recetas a los más débiles.
Esa mayoría ha puesto el énfasis en la libertad de capitales, la desregulación financiera, la desprotección laboral, defendiendo que para ser competitivos en el mundo había que maximizar los beneficios empresariales y minimizar los derechos sociales y los controles democráticos.
Y eso ha tenido graves consecuencias: concentración de la riqueza en manos de unos pocos, aumento de las desigualdades, crisis de las instituciones democráticas, alejamiento ciudadano. Brechas por doquier.
Si esa ha sido la tónica general, la crisis no ha hecho más que agravarla, dejando, además, en evidencia los fallos de diseño institucional de la Unión.
Porque impulsamos una unión monetaria sin acompañarla de una unión económica, fiscal y presupuestaria, fallo que está detrás de buena parte de los desequilibrios que se han ido acumulando en el continente.
Alguno de esos fallos podría haberse evitado de haber seguido las recomendaciones de Delors hace 25 años.
Ahora que el Parlamento Europeo acaba de aprobar el Mecanismo Único de resolución bancaria, hay que recordar que no se le hizo caso en uno de los elementos centrales de su estrategia: la creación de una autoridad de supervisión bancaria ejercida por un Consejo de Supervisión o un Comité de controladores independientes, involucrando al Banco Central en la coordinación de las políticas de supervisión.
La autoridad no llegó a crearse y la coordinación del Banco Central quedó diluida, con lo cual el euro echó a andar, precisamente, sin el mecanismo aprobado estos días. El cual habría evitado mucho sufrimiento a los ciudadanos, y ahorrado mucho dinero de sus bolsillos, ayudando a romper la vinculación entre deuda bancaria y deuda soberana.
Se ha dado un paso en el cambio institucional imprescindible. Pero son necesarias nuevas herramientas para avanzar hacia la unión económica: Eurobonos, BCE con mandato de crecimiento, un nuevo Plan Marshall Europeo… Propuestas que sólo serán realizables en el marco de una verdadera integración económica europea. Y eso exige cesión de soberanía y sometimiento a una verdadera autoridad económica europea.
Pero tan importante, y urgente, como eso es el impulso necesario para europeizar el bienestar social. Unión Económica sí. Unión Social y Ciudadana, sin discusión. Porque lo que nos hace diferentes en el mundo no es el euro, es nuestro modelo social, amenazado por largos años de mayorías conservadoras en Europa. Y al que han puesto en el ojo del huracán en esta crisis.
Tras estallar la crisis económica, la estrategia generalizada en la UE fue la de estimular la demanda interna a través de políticas fiscales expansivas. Esto dio sus frutos al amortiguar el impacto de la crisis sobre el crecimiento y el empleo y al establecer, a finales de 2009, los cimientos para la recuperación sostenible de la economía europea.
Sin embargo, la Comisión infravaloró la necesidad de afianzar el crecimiento y el empleo. Muy al contrario, priorizó la reducción a cualquier precio de la deuda y los déficit fiscales, pese a la fragilidad económica imperante.
En 2011, la austeridad fiscal se generalizó en todos los países europeos y particularmente en los países de la Zona Euro. Esa estrategia de depresión de la demanda interna empujó de nuevo a la Zona Euro a la recesión en el último trimestre del año.
Junto a la reducción del déficit, se impuso un gran número de reformas estructurales con el mismo impacto deflacionista. Tales reformas han hundido la demanda interna y cerrado el grifo del crédito, provocando un estancamiento de la inversión y el crecimiento y la destrucción masiva de empleo. Todo ello está provocando un coste social sin precedentes en la historia reciente.
Es la pinza de la austeridad: la velocidad excesiva en los tiempos de reducción del déficit estrangula el crecimiento debido, de un lado, al excesivo recorte de la inversión productiva (infraestructuras, investigación, innovación). Y, de otro, a los recortes sociales (educación, sanidad, servicios sociales) que deprimen aún más la actividad económica y el consumo, alimentando una espiral de depresión económica, descontrol del déficit y crecimiento de la deuda de consecuencias dramáticas.
La Unión Europea se ha convertido en la zona económica del mundo donde el impacto sobre el empleo ha sido más elevado y persistente. El paro afecta a 27 millones de personas. 6 de ellos en España. El empleo juvenil bate récords históricos y se sitúa en el 24%. Más del 50% en nuestro país.
Además, 18 países de los 28 han registrado fuertes caídas en los salarios reales. Las más espectaculares, en Grecia (20%), Portugal (10%) y España (7%).
En cuanto al riesgo de pobreza y exclusión social, una cuarta parte de la población europea y española se encuentra bajo su amenaza. Y lo más dramático, la pobreza infantil afecta al 34% de los niños en España.
Tales costes ni siquiera han logrado reducir la deuda pública y los déficit fiscales. Al contrario, como en el caso español, los han agudizado.
Tras cinco años de crisis, la austeridad ha fracasado. El paro crece, la depresión no remite y las brechas sociales se amplían. El intento frustrado de recorte del déficit fiscal sólo ha provocado el crecimiento descontrolado del déficit social.
En muchos países de Europa, como el nuestro, bajo la promesa de que se iba a meter en vereda a los mercados financieros, a acabar con los paraísos fiscales y a regular a la banca, los ciudadanos han sufrido recortes drásticos de salarios, pensiones, derechos laborales y servicios públicos esenciales. Pero aquella promesa no se ha cumplido.
Muchos ciudadanos tienen la impresión de que su sacrificio sólo ha servido para salvar a los bancos sin recibir nada a cambio. Sienten que las víctimas han pagado las cuentas de los culpables. Y se han ido alejando de Europa.
Como dice nuestro candidato a la Presidencia de la Comisión, Martin Schulz, “la gente está abandonando la idea de que apoyar a Europa sirve para algo, porque la UE como la vemos no se corresponde con los deseos, los sueños, las proyecciones positivas que compartían la inmensa mayoría de los ciudadanos cuando pensaban en ella”. Y si los ciudadanos abandonan a Europa, Europa “está perdida”.
En ese caldo de cultivo, proliferan por todo el continente populismos de distinto signo coincidentes en sus postulados: el repliegue nacionalista, la pulsión xenófoba, el rechazo a Europa.
No nos podemos permitir esa deriva.
Europa enfrenta un momento histórico. El 25 de mayo, no se dirime únicamente quien gana las elecciones sino qué rumbo toma Europa: Si sigue debilitándose y despeñándose por la deriva mercantilista y antisocial de los últimos años. O si emprende el vuelo hacia la construcción de la Europa social, la Europa ciudadana.
Estamos en una encrucijada: o Europa devuelve la esperanza a la gente. O la gente perderá definitivamente la esperanza en Europa.
Se trata por tanto de un momento clave y de unas elecciones decisivas, donde se van a confrontar dos proyectos: el de la derecha española y europea de más austeridad, más recortes y más dictado de los mercados. Y el de la izquierda, la socialdemocracia, española y europea, de defensa de los derechos sociales, la inversión productiva, el empleo y las libertades cívicas.
O seguimos profundizando en la desigualdad, o hacemos un esfuerzo colectivo para enderezar el rumbo y corregirla.
Lo sabemos bien en España.
Tras dos años de recortes austericidas, el Partido Popular se ha lanzado a pregonar una recuperación que no se atisba en ningún indicador. Porque ni uno solo ha mejorado.
España es hoy un país más débil, más desigual, más empobrecido, más precario. Un país en el que ni la consecución de un trabajo garantiza salir de la pobreza. Un país en el que los derechos sociales están en retroceso y las libertades civiles, amenazadas.
En este tiempo, se ha destruido un millón de empleos, el número de personas sin cobertura de desempleo se ha disparado hasta los dos millones. Crece la precariedad laboral, los salarios siguen cayendo y la presión fiscal no para de aumentar. Mientras, el déficit sigue descontrolado –el año pasado se salvó gracias a los municipios- y la deuda se acerca peligrosamente al 100% del PIB. Es el ejemplo paradigmático de la espiral austericida de la que hablábamos.
El PP ha retirado los diques de contención contra la estrategia conservadora europea. De hecho, ha encontrado en la crisis la oportunidad para hacer ingeniería social e impulsar su programa máximo: el avance hacia una sociedad de mercado, en la que todo se compra y todo se vende, en la que quien tiene, puede. Y quien no tiene, se queda abandonado en el camino.
Y el resultado es conocido: crecimiento exponencial de las desigualdades.
Ahí está la reforma laboral, con su recorte de derechos laborales, la rebaja de salarios, la sustitución de empleo indefinido por empleo temporal y parcial.
Y los recortes en educación e innovación, que están cercenando el presente de decenas de miles de jóvenes y el futuro de nuestro país. Como se conocía estos días, por primera vez en 15 años se ha reducido el importe y la cuantía de las becas
Ahí están los recortes en la sanidad pública, los copagos y repagos, la exclusión del sistema de los españoles que tienen que emigrar y de los inmigrantes sin papeles.
Y los recortes en pensiones y dependencia, más crueles por cuanto que afectan a los colectivos más vulnerables de la sociedad.
Ahí está la nueva emigración, 120.000 jóvenes gallegos en los últimos 5 años.
Y las amenazas que penden sobre los derechos y libertades conquistados. El ataque a la libertad de reunión, de manifestación, de protesta. El ataque a la libre decisión de las mujeres sobre su maternidad.
Todo ello prueba que el modelo conservador europeo está agotado. Peor aún, está triturando el modelo social europeo y está poniendo en riesgo la propia idea de Europa al favorecer el ascenso de partidos eurófobos y xenófobos.
Europa se encuentra ante el mayor reto desde su fundación: decidir qué quiere ser en el futuro. De la respuesta a ese desafío depende que la herencia que hemos recibido se dilapide o se consolide, amplíe y enriquezca.
Europa necesita moverse. Europa necesita un nuevo rumbo que encare una salida más justa a la crisis y salvaguarde el modelo de democracia y desarrollo social que nos define y diferencia como sociedad en el mundo.
Es tiempo de enterrar la austeridad.
El ejemplo lo tenemos al otro lado del Atlántico.
En 2009, los estadounidenses cerraron una década de gobiernos conservadores con un voto de confianza a Obama. Desde entonces, EEUU ha creado 8 millones de empleos.
Mientras, en Europa, la ciudadanía siguió confiando en gobiernos conservadores. Desde entonces, la Eurozona ha destruido 2,5 millones de empleos.
Una vez más, se constata lo dicho por el economista francés Thomas Piketty: “Hay varios futuros posibles, según el tipo de políticas e instituciones que elijamos”.
En nuestra mano está el futuro que queramos elegir.
Los socialistas elegimos combatir la desigualdad creciente creando empleo mediante inversiones y reformas fiscales concretas.
Nuestra apuesta es un Pacto por el Empleo que inyecte 10.000 millones de euros en el BEI para aumentar su capacidad de financiación, especialmente de pymes y de proyectos de empleo juvenil.
Junto a él, apostamos por impulsar un Plan de inversiones europeo equivalente al 1% del PIB de la Unión, destinado a incrementar la capacidad innovadora y competitiva de la economía europea en sectores sostenibles como las energías renovables y la economía del conocimiento.
La tercera pata consistirá en el impulso de una nueva política industrial europea que eleve un 25% su peso en el PIB, con especial atención a la consolidación de las pymes y la inversión en políticas de innovación e I+D.
Además, debemos restablecer el flujo de crédito. El BCE debe velar por que su política de dinero barato beneficie a la economía real. Y, junto con el Parlamento, debe contribuir en mayor medida a que los bancos repercutan los bajos tipos de interés en las pymes, en lugar de dedicar ese dinero a lucrarse y especular.
Estas políticas son inversiones en nuestra capacidad de innovación a largo plazo y en nuestra competitividad, por tanto son inversiones en un buen futuro para nuestros jóvenes. Porque su situación es dramática.
Causa vergüenza que en el continente más rico, exista el riesgo de ver crecer una generación perdida.
Los socialistas propondremos la implantación de la Garantía Juvenil para que todos los jóvenes puedan conseguir un puesto de trabajo o un contrato de formación o en prácticas. Para ello, triplicaremos el presupuesto actual hasta alcanzar los 20.000 millones, cantidad propuesta por la OIT para afrontar el problema.
Debe ser igualmente prioritario ocuparse de los parados de larga duración mayores de 45 años. Defenderemos fortalecer el Fondo Social Europeo en el terreno laboral y formativo para ofrecer oportunidades de trabajo digno a este colectivo, así como la asignación de recursos suficientes.
También queremos impulsar una agenda social contra la desigualdad que contribuya a hacer realidad los objetivos de la Unión de lograr niveles más elevados de empleo y protección social.

Con especial atención a la igualdad entre mujeres y hombres, en un momento en que se está produciendo una ofensiva neoconservadora contra los derechos conquistados por las mujeres. Y en el que las medidas de austeridad están exacerbando la brecha salarial y laboral. Nos comprometemos a impulsar medidas para asegurar el principio de igual salario para igual trabajo.
También, a impulsar un marco europeo de salarios mínimos y un Plan europeo contra la pobreza, que obligue a la Unión y no solo a los estados miembros, a luchar contra esta lacra, especialmente en lo que afecta a la pobreza infantil.

Es una agenda ambiciosa, pero factible si trabajamos para reducir las divergencias tributarias en el seno de la Unión. Y si acometemos la lucha contra la carcoma del sistema: el fraude y la elusión fiscal.
Una vez más, Thomas Piketty pone el dedo en la llaga al decir que en muchas ocasiones la Unión Europea atiende a lo secundario, sin ocuparse de lo primordial. Y propone algo que los socialistas acometeremos: una base común del impuesto de sociedades cuya recaudación se destine a impulsar las políticas de crecimiento que hemos comentado.

Igualmente, Piketty nos recuerda que si la Unión Europea y Estados Unidos se propusieran batallar contra los paraísos fiscales e imponer sanciones a los países que no cooperen, pondrían coto al fraude fiscal y se reduciría la creciente acumulación privada de capital, foco de desigualdad.
Es intolerable que cada año se pierdan en la UE por las cañerías del fraude ingresos por un billón de euros. Cuatro veces más de lo que gastamos en educación. Una cantidad suficiente como para reducir cantidades ingentes de deuda, invertir en crecimiento y pagar las garantías juveniles.
Nuestro objetivo es combatir decididamente los paraísos fiscales, reducir la evasión fiscal, eliminar el secreto bancario, prohibir las amnistías fiscales. Y aplicar de una vez la tasa sobre las transacciones financieras.
Es de justicia social hacer pagar a los responsables de la crisis por los costes que ha ocasionado.
De eso precisamente se trata: justicia fiscal para devolver la justicia social al corazón de las políticas europeas. Por justicia y por eficacia.
Antes de concluír, permítanme determe sucintamente en determinados aspectos que afectan con especial interese a Galicia.
Desde a adhesión de España á Unión, Galicia beneficiouse da solidariedade europea mediante a inxección de máis de 20.000 millóns de euros procedentes de Fondos Estruturais e de Cohesión.
Eses fondos están detrás do proceso de modernización e avance experimentado por Galicia: as nosas infraestruturas ou os nosos hospitais non se explican sen ese río de solidariedade europea. Pero tamén tivemos que sufrir a cara amarga da integración: o veto á construción naval nos nosos asteleiros ou as limitacións nos sectores lácteo ou pesqueiro.
Son asuntos que seguen e seguirán centrando a axenda europea. Asuntos, por certo, nos que Galicia se viu perxudicada e nos que tivo un papel protagonista o cabeza de lista do Partido Popular.
O Goberno non negociou ben a PAC en Europa e decidiu en España un reparto lesivo para os agricultores e gandeiros galegos. Acordos que suporán un recorte de polo menos 140 millóns de euros nas axudas que recibirán os próximos anos.
Igualmente, en materia de pesca, tamén decidiu un reparto de cotas con criterios perxudiciais para Galicia, como se evidenciou no recente conflito do cerco.
O noso compromiso será traballar para cambiar os principios que inspiran tales políticas e os criterios de reparto de fondos, de maneira que se atendan as nosas peculiaridades.
Igualmente estratéxico para Galicia é o sector naval, especialmente para Ferrol nos momentos actuais. Nos asteleiros da súa ría perdéronse máis de 4.000 empregos.
O desafío pasa por lograr carga de traballo e impulsar unha nova estratexia de investigación e innovación no sector. Consolidando un novo marco de financiamento que nos permita competir en igualdade de condicións co resto de asteleiros europeos. E diversificar a actividade económica cunha aposta decidida por un desenvolvemento industrial de base innovadora.
Pero de cara ao futuro da nosa terra, é crucial aproveitar a posición xeográfica estratéxica de Galicia como cabeza de ponte de Europa cara a América.
Debemos aproveitar a nosa posición periférica respecto de Europa para situar a Galicia como plataforma loxística intercontinental no novo escenario que se abre nos tráficos marítimos coa ampliación da Canle de Panamá.
Coa Canle ampliada captando tráfico de portacontedores capaces de mover ata 15.000 contedores ou graneleiros con capacidade para máis de 200.000 toneladas, Galicia debe aproveitar os calados dos seus portos para atraer eses tráficos e converterse en plataforma multimodal de entrada e saída de mercadorías desde e cara a Europa.
Para iso, é necesario que os nosos portos teñan boas conexións por estrada e ferrocarril. A este respecto, a finais de 2011 demos un paso clave ao lograr a inclusión do corredor ferroviario atlántico Monforte-Ourense-Vigo-Santiago-A Coruña na rede básica transeuropea de transporte.
Polo tanto, situamos os proxectos ferroviarios de Galicia nunha posición privilexiada para poder competir polos fondos comunitarios destinados a desenvolver os corredores transeuropeos, que contarán cun financiamento comunitario de 28.000 millóns ata 2020. Fondos polos que haberá que pelexar nas convocatorias que vaia abrindo a Comisión.
Galicia non pode esperar. Debe ser proactiva porque o seu desenvolvemento loxístico é imprescindible para gañar competitividade e abrir así unha nova dinámica de crecemento e emprego.
Un gran desafío, si, pero cunha gran recompensa de futuro.
De todo iso teremos oportunidade de falar nesta campaña.
A nosa comunidade, polo tanto, xógase moito en que se fragüe unha maioría alternativa en Europa. Porque só unha nova maioría pode cambiar o enfoque e as prioridades das normas básicas que desde Europa determinan a nosa economía e o noso benestar.
Claudio Magris deixou escrito que “tralas cousas tal como son tamén hai unha promesa, a esixencia de como debe sen ser, a potencialidade doutra realidade que empuxa para saír á luz, como a bolboreta na crisálida”.
Esoutra realidade que empuxa, que pugna por pechar esta época escura de austeridade e abrir unha nova época de prosperidade económica e social, é a que alenta no proxecto socialdemócrata.
Europa necesita un cambio. Necesita volver á senda marcada por Delors. Pero só poden cambiar as políticas se cambian as maiorías. Para facer posible o cambio, é necesaria esa nova maioría socialdemócrata. Só desde esa maioría unha voz galega poderá incidir nos temas que nos afectan e nos que nos xogamos o futuro da nosa terra. Non é desde o illamento, senón desde a maioría que unha voz galega poderá influír para poder cumprir as nosas ambicións como país. Moitas grazas.

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